José Vivenes: Pintura y Fragmento

Personajes y pigmentos para un teatro pictórico

Por María Elena Ramos

Una antigua aspiración de los artistas es lograr la estrecha relación entre materias utilizadas y formas constituidas. Y lograr luego vincular hondamente aquellas materia/forma con el concepto o la historia que quieren significar, o simplemente decir. Por nuestra parte, quienes investigamos en los lenguajes del arte queremos penetrar cómo se dan esos procesos que sólo engañosamente podrían parecer simples, y que sabemos, además, no siempre son alcanzados. Hilar vínculos profundos entre el qué, el cómo y el con qué, entre el recurso y el drama es para el creador, y luego para quienes observamos su obra, uno de los más interesantes retos del arte.

El joven pintor que es José Vívenes viene trabajando en estos años como un investigador doble: por una parte en el manejo de los distintos recursos plásticos, elementos propios del lenguaje –color, textura, espacialidad-, tipo de soportes, naturaleza de los pigmentos, y más recientemente en la fragmentación de la imagen para la construcción de peculiares collages. Por otra parte, investiga en las vivencias del hombre, tanto en los rasgos individuales de un carácter como en ciertas identidades comunitarias y sociales. Podríamos decir, más simplemente, que en el imaginario figurativo de Vívenes la humanidad tiene un protagonismo principal.

Hoy nos presenta varias series de seres taciturnos, rostros solitarios sin cuerpo que los sostenga, con la corporeidad-otra que les da el limpio fondo del soporte. Pero a veces ese soporte ya no es tan limpio y puede ser que venga sobretexturado, como en su serie sobre texturglas que da a las fisonomías un agregado térreo y granuloso, un descascaramiento del pigmento que a la vez nos atrae y nos rechaza y que incide en revelar algo de una cierta psicología, descarnada, de personajes que muestran señales de su desgaste o decadencia. El material permite entonces ahondar, por una parte, en la cualidad de lo táctil-en-lo-visible sobre la superficie pictórica y, por otra parte y simultáneamente, ayuda a inventar una interioridad anímica que se nos estimula a los perceptores a suponer -o más bien a sentir- como algo que emana de esos seres, como un algo que ellos quisieran decirnos. En un encuentro -hecho visible- de lo interno con lo externo, podríamos hablar aquí de la manifestación, sobre la tela, de una especie de textura anímica.

Está aquí sin duda la fuerza del artificio de pintor que se afana en inventar, sobre una superficie, lo que aún no existe. Pues recordemos que es la superficie el verdadero lugar donde se fragua la pintura, que es en la superficie donde se hace nacer el cuerpo de lo pictórico en su carnalidad más propia. Y en Vívenes es precisamente lo superficial, en el sentido del lenguaje, el otro gran protagonista. A veces es posible observar que, mientras más domine un pintor el saber –y el goce- de la superficie, mejor puede revelar la dimensión espiritual que pretende para sus seres pintados. Así, con el pigmento, el óleo, el pastel, la mancha, o con materiales más ajenos a la tradición del género, como el texturglas, el artista no sólo va aglutinando la pasta sino también los talantes y caracteres, a veces como atributos de un solo individuo, otras más bien como señas incisivas de una humanidad lacerada.

Una pregunta va surgiendo: ¿dónde habitan realmente los personajes de Vívenes? Cierto es que, temáticamente, él se refiere a quienes se mueven en las casas de gente conocida, y más frecuentemente a quienes se mueven en la ciudad, en los lugares por donde él pasa como joven curioso y admirado, habitante y observador libreta en mano. Pero es necesario saber mirar a estos entes como, esencialmente, habitantes distintivos de la región de la pintura.

Así, si las calles de la ciudad que lo trasciende son un principal escenario para su recolección de muestras de la vida humana, el soporte de la tela es el escenario más preciso –que su talento puede llegar a manipular y a controlar… hasta un cierto punto-. Y es sobre este escenario reducido sobre el que él va volcando sus indagaciones e inventando personajes que, si bien recuerdan y se refieren a aquellos de carne y hueso de la realidad más amplia, son muy otros y distintos: transfigurados, o simplemente nacidos del idiolecto personal que Vívenes está conformando en estos años.

Vale aquí ver entonces los formatos –verticales, apaisados, redondeados- también como situaciones perceptuales que colaboran a que el personaje sea lo que es (es decir, lo que quiere el pintor que sea, y así y dentro de esta lógica peculiar, lo que debe ser). Los espacios plásticos se convierten entonces en situaciones vivas, que ayudan a revelar el verdadero ser que el artista –y luego los espectadores- les atribuyen a los personajes. Y entonces un formato, un modo de intervenir el soporte, un escenario acotado pueden pasar a convertirse en parte del hogar, o de la máscara, o del ropaje de estas otras existencias carnales, que sencillamente no tenían vida antes de que el artista las convirtiera en forma. En este sentido podemos ver que algunos collages recientes pueden aparecer como cárceles, como mortajas, o como enclaustramientos interiores de seres humanos que, paradójicamente, hacen su vida en las calles.

Estos personajes enunciados como entes de lenguaje han recibido la vida por la carnalidad del artificio de la pintura, y sólo así pueden comunicarnos su peculiaridad dramática. Ya hemos visto aquella aspiración del arte en casar íntimamente el qué, el cómo y el con qué. Ya sabe el pintor que para lograr una obra válida lo uno no se alcanza sin lo otro. Y no es una elección circunstancial el que estos cruces existan vivazmente, sino que se trata de un sensible mandato interior del arte mismo. Se logra a veces, como podemos sentir en algunos de estos seres conmovedores, inventados por Vívenes en su teatro pictórico.

Febrero 2012

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