Texto de la exposición

En momentos en que la vocación profética del arte prácticamente ha desaparecido y cuando lo uniforme amenaza con imponerse, surgen una serie de jóvenes pintores que renuevan la fe en la pintura, en la creación pictórica, en el espíritu de libertad. Esto es lo mejor que puede suceder a una sociedad quebrada.

Juan Carlos Palenzuela

Con estas palabras terminaba Juan Carlos Palenzuela su texto sobre la obra del pintor Starsky Brines, a propósito de la primera individual que el artista realizó en el año 2006, en la hoy físicamente desaparecida Galería Spacio-Zero. Desde entonces han pasado tres años. La obra de Brines continúa sus batallas en medio de una sociedad tan quebrada, disímil, heteróclita e impredecible como a la que hacía referencia el crítico, también desaparecido. Sin embargo, estos convulsos territorios no son en ningún caso un obstáculo para el artista; al contrario, son justamente estos vericuetos de lo árido y lo difícil el punto donde concentra su atención, lugar movedizo en el que estallan y se materializan la gran cantidad de acontecimientos que acuden a “la hora” de su pintura: seres extraños, mezclados, fantásticos; trazos incisivos, lúdicos, vaporosos; siluetas sugestivas, referencias culturales y apropiaciones simbólicas que remiten a un bestiario infantil, irónico, propio… un bestiario tan personal como colectivo.

En la obra de Starsky Brines siempre han convivido personajes y sentimientos difíciles de compartir, presencias invasoras que como ruinas de nuestra movediza cultura visual, saltan desde la tela, despiertan en la intimidad, se agitan en el recuerdo. En este juego pictórico las iconografías robadas son transmutadas: imágenes de revistas, carátulas de discos intervenidas, siluetas de obras célebres, muestrarios de telas, escombros visuales, palabras, fragmentos, gestos, letras y signos que invaden repentinamente el espacio del papel, la solemnidad del lienzo.

Normalmente, tan sólo tenemos una versión de este recorrido, aquélla a la que nos convoca el encuentro final con la obra del artista. Sin embargo, para esta exposición hemos querido multiplicar las redes de esta experiencia, trastocarla, hacerla evidente. En una ciudad tan variable y difusa como la que vivimos en nuestros días, el artista decidió traer su taller a la sala de exhibición, invadir el espacio de la galería mientras él, invadido por sus personajes y durante la semana previa a la inauguración, se instaura en los soportes del entorno (vidrios, muros, papel, telas, pisos, paredes) produciendo in situ el trabajo exhibido. Del mismo modo, el fotógrafo Rafael Serrano lo acompaña; con su cámara invade también el recorrido de Brines, interpreta la acción del pintor, lo traduce; registra las temperaturas del proceso para revelar con sus imágenes las secuencias ocultas de esa gramática particular del acto de pintar, suspendiendo de algún modo “eso” que sólo respira en la soledad del taller. Es así como ambos se entrelazan en la acción performántica de uno trabajando frente al otro: cuerpos físicos invadidos por el trance de un camino irrepetible, obras que se despliegan en medio -y a partir- de las poderosas uniformidades, de los quiebres particulares, de las sostenidas desapariciones de nuestro mundo tecno-global.

Lorena González

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